La paz interior es el nuevo éxito – Tómala o déjala! Desarrollo Personal

“Aquellas personas que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada”, dijo George Bernard. Sin embargo, volcados  y preocupados por el mundo exterior, nos hemos olvidado del mundo interior.  Enceguecidos por el afán de tener cada dia  más, perdemos lo más valioso.

Y cuanto más valor perdemos, más nos rodeamos de intrascendencia en un vano afán por asegurarnos de que todo es como “debe ser”.

El terrible error que cometemos la mayoria de equiparar el éxito con el estatus social y las posesiones materiales, y el error aún más terrible de creer que son sinónimo de felicidad, han hecho que muchas personas busquen fuera lo que deberían buscar dentro.

Cuando el vacío existencial llama a su puerta, intentan camuflar el sonido de sus golpes con estímulos exteriores que terminan provocando un estado de semi inconsciencia en el que se pierden a sí mismos.

Se convierten en autómatas repetidores del mensaje consumista del sistema que, contento con el resultado, sigue alimentando esa vacuidad. De hecho, “el sistema ama a la gente que no tiene nada que decir”, sentenció magistralmente el rapero francés Koma.

Es más fácil controlar consumidores que esclavos

“La industria de la publicidad es la que se dedica a la creación de consumidores. Este fenómeno se desarrolló en los países más libres, en Gran Bretaña y Estados Unidos. Y la razón está muy clara. Se volvió clara hace aproximadamente un siglo, cuando esta industria se dió cuenta de que no iba a ser fácil controlar a una población con el uso de la fuerza.

Habían ganado demasiada libertad: sindicatos, parlamentos con partidos para los trabajadores en muchos países, el derecho al voto de la mujer… Por lo tanto, tenían que encontrar otros medios para controlar a la gente”, escribió Noam Chomsky.

Es más fácil controlar a consumidores manipulando sus creencias y actitudes que usar la fuerza para mantener esclavos que estén dispuestos a alimentar el sistema con su tiempo y esfuerzo. El resultado, sin embargo, no difiere mucho: en ambos casos la vida se escapa sin vivirla, corriendo en pos de las metas que alguien más decidió en tu lugar.

Para ese sistema, la sociedad ideal se basa en una díada: tú y la televisión, o quizá ahora tú e internet. En ambas plataformas te presentan cómo debería ser la vida ideal y exitosa, el tipo de cosas que deberías tener y las metas que deberías alcanzar.

Te recuerdan constantemente en qué debes gastar tu tiempo y esfuerzo. O lo que es lo mismo, te animan a comprar cosas que no necesitas y que realmente ni siquiera quieres y que con mucha probabilidad terminarás tirando.

Por suerte, cada vez más personas se han comenzado a cuestionar este sistema en el que la felicidad no está garantizada ni mucho menos y el éxito es un ideal cada vez más elusivo que se demuestra vacío en su interior.

Ser un engranaje del sistema te garantiza que las cosas fluirán, más o menos, mientras todo esté bien engrasado, pero ante el menor contratiempo, serás fácilmente reemplazado y olvidado.

La paz interior como nuevo ideal de éxito

La paz interior, ese estado en el que te sientes en equilibrio contigo y con el mundo, en el que nada falta ni nada sobra, está suplantando la arcaica concepción del éxito, impulsándonos a vivir de manera más relajada pero, sobre todo, más conectada con nuestras auténticas necesidades y deseos.

Esa paz interior se consigue, por una parte, cuando logramos reconectar con nuestro “yo” a través de un largo camino de desaprendizaje que implica despojarnos de las expectativas que pesan sobre nosotros y, sobre todo, de nuestras propias expectativas sobre cómo se supone que deberíamos pensar, sentir o actuar.

Por otra parte, la paz interior implica hacer las paces con el mundo. No podemos sentirnos en paz si estamos criticando constantemente o si guardamos rencor. Eso significa poner en práctica una aceptación radical que nos libere de esos pensamientos y sentimientos que en realidad solo nos disturban.

El camino hacia la paz interior no ofrece garantías, y a menudo es demasiado tortuoso para los espíritus perezosos, pero garantiza el viaje más apasionante de todos: el reencuentro contigo mismo.